7.23.2006

Felina


La casa de mis abuelos es un lugar cuya amplitud no es suficiente para guardar todos los recuerdos que despierta. En mi, en familiares y en algunos amigos.
Es verdad que las paredes no vivieron tanto tiempo ni tantos tiempos (y sus inclemencias) como mis abuelos, madre y tíos. Pero es cierto que, erguidas allí y a medida que cambiaban superficialmente, fueron testigos del crecer de las calles y los árboles. De la crianza de mis vecinos y los roces con sus padres. Así también, como los hombres que las alzaron décadas atrás, dejaban de lado y fuera de sus márgenes a otras criaturas que siempre pasan desapercibidas por los ojos humanos y las construcciones.
Hace 15 años encontré bajo un auto y asediada por los perros, a una pequeña gata negra. Hoy se que por los ojos azulinos que mostraba entonces, recién empezaba a ver el mundo. Y que perturbador parecería entonces!! Estando prisionera de un artefacto extraño de naturaleza desconocida para el instinto, rodeada además por seres agresivos.
No conocía su nombre entonces y lo desconozco ahora. Mas compartimos nuestra niñez y adolescencia y la vi ponerse grande y fuerte, aunque no anciana. Porque los gatos mimados viven en completa infancia hasta que los sorprende la muerte. Y este felino oscuro no era así. Gozaba de la completa independencia y sin embargo de una gran lealtad y afecto que rara vez demostraba. Quizás por eso jamás me atreví a imponerle un nombre. Solo se que fue mi primer amiga y que su momento de partir se acerca.
Me agazapo cuando veo a las calandrias correr deprisa por el pasto crecido del jardín, cubiertos por el jazmín las observamos en apnea, sin ronronear. Por las noches perseguimos estrellas que los demás no pueden ver. Estrellas que flotan en la quietud, reflejando a la luna. Y después dormimos hasta que llega el alba…a ella tampoco le importa mi nombre.

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